Ucrania, el conflicto que Europa no puede ganar… ni perder


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El 24 de febrero de 2022 Rusia invadió Ucrania. Para muchos, este es el inicio de una guerra que cumple ahora cuatro años. Para otros —ahí me incluyo yo—, esta guerra comenzó en noviembre de 2013, tras los sucesos del Euromaidán, cuando, tras la negativa de Viktor Yanukóvich de excarcelar a Yulia Timoshenko (encarcelada por corrupción), se suspendió el Acuerdo de Asociación entre la Unión Europea y Ucrania y, en consecuencia, la Plaza de la Independencia de Kiev fue tomada «espontáneamente» por miles de manifestantes. Los disturbios terminaron con la huida del presidente Yanukóvich a Rusia y la implantación de un nuevo régimen. La respuesta rusa no se hizo esperar y su ejército tomó la península de Crimea.

Desde entonces, los disturbios y ataques entre el gobierno ucraniano y las comunidades rusófonas del Donbás han sido constantes, lo que sirvió de excusa para que Vladimir Putin ordenase la invasión de Ucrania hace ya cuatro años.

Esta guerra, el primer conflicto convencional en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial, lleva estancado desde la desastrosa contraofensiva ucraniana de 2023 y supone una guerra de desgaste que Ucrania solo puede sostener con el apoyo económico y armamentístico de la Unión Europea y con el auxilio de la inteligencia proporcionada por los Estados Unidos.

La solución no es fácil. Y con el paso del tiempo se hace más difícil llegar a un acuerdo de paz medianamente digno. Desde un punto de vista táctico, el campo de batalla se encuentra estancado en una guerra de trincheras similar a la I Guerra Mundial. No se producen avances o retrocesos significativos de un bando u otro. Rusia está cómoda con esta situación porque la principal víctima es Ucrania, que se desangra poco a poco, hasta el punto de que el 69 % de los ucranianos aboga por una paz negociada.

Para Europa, ceder ante las pretensiones de Putin de quedarse de facto con el terreno conquistado no es una opción. Significaría legitimar el uso de la fuerza para obtener territorios o compensaciones. Sin embargo, siendo realistas, no es posible una victoria aplastante de Ucrania que revierta en una recuperación tal del territorio perdido que obligue a negociar a la baja a Moscú. Quedan dos opciones, cronificar el conflicto en una larga guerra que solo serviría para debilitar aún más a los ucranianos; o hacer un ejercicio de realismo e intentar salvar lo que aún se posee. Recordemos que una parte de Donetsk sigue en manos de Kiev y que constituye un colchón defensivo importante para Ucrania que, sacrificando Lugansk, permitiría lograr una paz con ciertas garantías de seguridad. Pasaríamos de un acuerdo justo, a un acuerdo digno en el que ninguno de los contendientes obtendría el total de sus aspiraciones, pero que permitiría a Ucrania presumir de no haber sido derrotada y a Rusia, jactarse de haber mantenido Crimea y ganado Lugansk.

Todo lo demás es, simplemente, un desperdicio de vidas.

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