El fracaso del nacionalismo balcánico
El 14 de septiembre de 2017 me encontraba desplegado en Malí. Aquel día se jugaba la primera semifinal del Eurobasket 2017 . Se enfrentaban España y Eslovenia. Vi el partido con un nutrido contingente de militares procedentes de Eslovenia, Serbia y Montenegro. Es decir, de la antigua Yugoslavia. Todos ellos animaron fraternalmente al equipo eslavo que, finalmente, venció a nuestro país. Al día siguiente se jugo la segunda semifinal entre Rusia y Serbia. Me uní a mis amigos balcánicos animando a los serbios que también ganaron el partido. La final, dos días después, enfrentaría a Serbia y a Eslovenia. Tras el partido entre Rusia y Serbia —con un poco de mala leche, lo confieso—, pregunté: «¿A quién animamos pasado mañana?» La respuesta fue unánime ¡A Yugoslavia! Bandera de la extinta Yugoslavia. Fuente: Wikimedia Commons. Durante los seis meses que compartí con estos militares, me sorprendió el grado de camaradería y amistad que profesaban entre ellos. Mi primera sorpresa fu...